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Década de los cuarenta del siglo pasado. Tras el fracaso de su aprendizaje con Ravel el americano quiso intentarlo con Stravinski, pero tampoco dio resultado. Cierto día se topó con el Concierto para piano n 23 de Mozart y le gustó sobremanera, así que llamó al Comité de la Radio y exigió el envío del disco. Cuando en 1932 (50 años) recogió por segunda vez el Grand Prix Musical de la Ville de Vienne, dotado con tres mil chillings, decidió emplear la dotación en comprarse su primera máquina de escribir, de la que luego no había quien le arrancara. Investido ya de las órdenes menores, al iniciar sus paseos Liszt obligaba a su criado a llenarse el bolsillo derecho con monedas de plata y el izquierdo con monedas de cobre. Volví a solicitar el ingreso en el ejército. Ya en 1881 (20 a?os) hab?a recaudado fondos para la causa inglesa en la primera guerra anglo-b?er o guerra de Transvaal; adem?s en Estados Unidos instaur? un concurso de compositores americanos j?venes dotado con diez mil d?lares (en esto segu?a. A ambos les encantaba aquella disciplina, y además a Chaikovski aún le duraban abiertas las alas con su Lago de los cisnes recién compuesto, así que decidieron organizar una fiesta en la que se representó Galatea y Pigmalión, el ballet de Rameau.

Se me podrá objetar que todos tememos a la muerte, o que a todos nos desgana la niebla, pero aquí debemos jerarquizar. Stravinski era más reservado y se andaba con los tapujos justos para pasar su afición de contrabando. Schönberg saltaba y se largaba con un saludo escueto. Peor fue lo del año 1876, tocando en Filadelfia el Concierto n 1 de Chaikovski, donde se le oyó maldecir en voz alta al director, a la orquesta y a la propia obra. Barcelona: Espasa Calpe, 1979.

El caso es que Strauss aborrecía el cristianismo y, de hecho, su Sinfonía alpina estuvo a un cuerno de titularse El Anticristo, una sinfonía de los Alpes, idea que seguramente Pauline le quitó de la cabeza, con acierto una vez más. El segundo mayor descubrimiento lo había hecho a los cinco años: «Descubrí que podía leer y escribir. A partir de ese momento no sólo debía escucharse buena música, sino también guardarse el silencio de una abadía cartuja. Sin embargo el pastor del músico siempre fue el hambre. Estuve llorando parte del tiempo.

Pruébala con cinco o seis pizcas de pólvora». A principios de 1941 el compositor y su familia fueron por fin evacuados a Moscú y después a Kuibyshev, donde el 27 de diciembre de 1941 terminó la partitura de su Séptima sinfonía. Historia de la técnica pianística. Lo repitió y entonces el acorde sonó bien. Incluso cuando regres? a los escenarios con sesenta y un a?os por falta de dinero (esta vez para subvenir sus necesidades propias) se le hizo patente aquella indomable bestia de su generosidad y en los diez a?os siguientes ofreci? numerosos. Lo mismo le sugirió al archiduque Rodolfo en la posdata de una carta del año 1823.

Cap?tulo 5 Dinamita en las venas Contenido: Hipertensiones ejemplares en vidas ejemplares Idiosincrasias o indios sin gracia, he ah? la cuesti?n Batutas como espadas Las entra?as como instrumento de tortura Unas barajas llenas. En fin, leyendo las memorias de Chaikovski se advierte la metedura de pata en la que incurri? Mendelssohn con aquella decisi?n, ya que el ruso recordaba c?mo Carl Reinecke, director de la orquesta de la Gewandhaus de Leipzig. No bien oyó una de las composiciones del brasileño creyó en su genio ya de forma indeleble y decidió aportar su grano de arena a su consagración. También en esta ocasión, mientras esperaba mi turno, sentí un dolor intenso. Neumáticos por montera La pasión por los coches unió más allá de la música a no pocos compositores, habiendo ya detallado algunos ejemplos en otros capítulos de este libro.

Su hija Galina cuenta cómo se desarrolló el primer trayecto de su padre cuando adquirió su primer coche: Se sabía al dedillo la teoría de la conducción, pero tenía problemas con la práctica y trataba de evitar sentarse al volante. Lo hizo con un buen amigo como era Joseph Pulitzer (padre de los famosos premios) cuando se quedó ciego, acudiendo a menudo a su casa para tocar el piano y así «levantar un tanto el velo negro que cubría sus días». Hoy d?a lo de irse corriendo a casa es normalmente una tendencia exacerbada en la infancia cuyo prop?sito es encender una Gameboy, una Play Station o una sencilla y ya casi obsoleta televisi?n, as? que no deja. A los sesenta años el francés, martirizado por la enfermedad y la debilidad, la tomó también con ese enemigo invisible que eran las corrientes de aire. Y las dos acometió sin temblores de pulso. De principio a fin. Con el propósito oculto de socorrerle económicamente, Arthur Rubinstein le encargó una pieza para piano que, una vez alumbrada, recibió el popular título Piano Rag Music.

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